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ENTROPÍA

LIBRO

About the project

 

“ENTROPÍA” es el espejo del alma, el reflejo del poder de los sueños.

Os revelo una obra oscura de ángeles y demonios, un cuento de fantasía tenebrosa donde los ángeles dan miedo y los demonios dan náuseas. La acción transcurre en una realidad camuflada bajo el ilusionismo, la entelequia y la demencia, ambientados en un contexto futurista a la vez que caótico y apocalíptico, en búsqueda de la justicia y la paz interior. 

A lo largo de la historia, Niushem, un ángel oscuro y misterioso con poderes extraordinarios, deberá desentrañar los enigmas entorno al alma viviente de una chica asesinada trescientos años atrás, siendo esta muchacha la clave para salvar nuestro mundo, así como la conciencia y cordura del autor de esta novela por momentos desvirtuada.

Ambos protagonistas se materializarán en nuestra realidad mientras son amedrantados en su camino por tenebrosos seres del esotérico Reino de Entropía. Una sombría promesa de amor será hecha y, el ángel, para cumplirla, deberá enfrentarse al mismísimo Dios...

Este libro está dedicado a Aurora, una persona muy especial mara mí.

 

What are the funds for?

Busco financiación para publicar un libro a nivel nacional (España) en reconocida Editorial de auto-publicación, cual lo ha valorado "muy positivamente". El importe irá destinado a una tirada inicial de 500 ejemplares, con nota de prensa y presentación gestionada por la editorial, anuncios online, facebook y pack de promoción. Se contratará un agente literario para la distribución de ejemplares físicamente así como los servicios de distribuidora... La mayor parte de la inversión la pondré yo, pero necesito un empujoncito más para hacer realidad mi 'sueño', por lo que suplico a los mecenas su ayuda. Iré paso a paso.

Esta historia es para los "dignos y valientes". 

 

 

 

About the project owner

Mi nombre ficticio es Johan Lionheart, nombre que en realidad tampoco es mío. No tengo gran cosa que contar sobre mi irrisoria y mundana existencia, salvo un capítulo dedicado en el libro. Y en principio eso sería todo lo que os iba a contar sobre mí, pero como mis amigos de marketing me dicen que tengo que hacer una buena presentación sobre mí, pues os contaré:

 

ENTROPÍA. Capítulo Zero: "El Monstruo sin nombre"

 

¿Sabéis cómo nace un monstruo?

Todo empezó en el año 1985, o por ahí creo que era más o menos, en un cálido día de verano, o al menos hacía calor aquel día, aunque la mañana era fresca, en un lugar que bien podría haber sido el paraíso. Ocurrió en una isla perdida en medio del océano Atlántico, o casi, entre las brisas de los alisios y el Roque Nublo…

Era aún temprano, cuando un niño singular de apenas cuatro años, quizás más, salía corriendo entre lágrimas y gritos de desesperación de su casa, una humilde caravana asentada sobre un descampado del sur de la isla. Había salido huyendo de la cólera de su padre esquizofrénico. Portaba mucha ropa encima, no por el frío, sino porque ésta amortiguaba los fuertes golpes que recibía a diario. Era éste un pequeño niño que podría haber sido tu hijo o tu sobrino, quizás tu nieto o tu primo o cualquier otro que hubieses conocido. Podría incluso, haber sido tú… o yo. Pero fue ‘Él’ a quien le tocó.

 

El niño se había escondido. Había recorrido laderas y barrancos, o al menos una gran distancia me pareció, hasta guarecerse de la ira de su progenitor. Ese padre autoritario y aterrador, intolerante a los ruidos y los juegos de los infantes en su descanso matutino. Lloraba desconsolado entre los muros de hormigón de un asentamiento en obras, dentro de un oasis rodeado de palmeras. Las obras parecían llevar paralizadas ya bastante tiempo, hasta el punto de asemejar ruinas abandonadas. Se hallaban más escombros y pilas de rocas amontonadas, que bloques alineados. Era aquí a donde acudían las prostitutas más desdeñadas y los drogadictos más enfermos, aunque este pequeño no podía saberlo.

A salvo en ese refugio, esperó que lo consolase un ángel durante largo tiempo hasta ahogarse en sus lágrimas… y éste, sin escuchar más oración que su llanto, apareció de la nada.

—Hola… ¿Por qué lloras? —le sorprende preguntando una dulce y hermosa niña, quizás de seis o diez años, tal vez más, tal vez menos, de inmensos ojos azules, cara pecosa y pelo dorado. Era la personificación de la inocencia, como un ángel, con un singular acento foráneo, como el de los vikingos de las tierras escandinavas.

El niño la contempló, con esos ojos que parecen haber encontrado la salvación. Ella llevaba un bonito y exótico vestido, no se recuerda de qué color o cómo era exactamente, pero era bonito vestido en ella. Blanco extravagante creo que era, aunque, blanco, es el color de mis recuerdos perdidos...

 

El mocoso apartó rápidamente la mirada de la doncella desconocida tras admirarla durante un instante, ruborizado, y no le contestó. Aún le dolían los golpes de su violento padre, quien lo había molido a escobazos por todos lados.

—Yo me llamo Auri. ¿Cómo te llamas tú? ¿Te puedo ayudar en algo? ¿Estás perdido? —El ángel terrenal se le presentó sin dejar de preocuparse por su estado de ánimo. Pero el niño seguía sin mirarla, lleno de miedo, lleno de timidez, sobrecargado de… ese sentimiento que no se puede explicar a tan tierna edad.

 

—Aurora… —Un chico joven, algo mayor, pero no lo suficiente para ser un hombre en apariencia, aparece buscando a la muchacha. Era delgado, blanco de piel como los nórdicos que nunca han visto el Sol, pero claramente hispano en el habla, con muchas pecas y con ojos ligeramente bizcos, no se sabe de qué color, y pelo moreno muy corto, rapado por los lados. Vestía vaqueros y camisa azure elegante, de ésas que aparenta ser cara y nueva, y zapatillas deportivas de marca. Su sonrisa era tan conciliadora que sería imposible prejuzgarlo, tenía la máscara perfecta—. ¿Qué haces?

—¡Johan! ¡Estoy intentando ayudar a este niño lindo! Creo que se ha perdido, pero no habla… y no para de llorar.

—¿Es un niño? —dice medio sorprendido el jovenzuelo—. Vaya, qué le habrá pasado. Es tan hermoso… Dime niño, ¿alguien te ha hecho daño?

El niño, chorreando mocos entre sollozos, asiente con la cabeza sin mirarle a los ojos.

 

—Oh no, eso está mal —afirma Johan con empatía, limpiándole con un paño de seda las secreciones… un paño, de color rojo, con un olor raro... y lenitivo—. Y dime, la persona que te lastimó, ¿era un ser querido?

El niño piensa durante unos segundos, y vuelve a asentir cabizbajo, sin articular palabra.

—Eso está muy mal... —opina el chico con voz calmada y agradable para consolarlo—. Qué horror… ¿Qué podemos hacer para ayudarle? —pregunta el adolescente, observando a la niña.

—¡Seamos sus amigos! —exclama la muchacha con júbilo y alegría—. ¡Juguemos a un juego! ¡Eso le hará olvidarse de sus problemas y le hará feliz de nuevo!

—¡Gran idea! ¡Vamos a jugar! De hecho, a eso habíamos venido, a jugar un juego ‘súper fantástico’. Dime niño, ¿te apetece jugar con nosotros? ¿Quieres que seamos amigos? —le pregunta Johan acariciándole el pelo todo el rato.

El niño se seca las lágrimas restregándose los mocos con el antebrazo. Observa ilusionado y tembloroso a sus ángeles que vinieron a rescatarlo de sus aflicciones. Son buenos y amables con él. Vuelve a asentir con la cabeza, esperando la consolación, esperando olvidar pronto el dolor. ¡Ellos son tan buenos! ¡Nada que ver con su violento papá!

—¡Fantástico! Yo me llamo Johan y esta don-nadie loca es… Aurora. —La muchacha le hace muecas mientras Johan se acerca con misterio al oído del niño y le susurra con tono siniestro—: ‘¿Crees en el Diablo? Acuérdate de mi nombre, porque un día seré tan famoso como él’.

—¡Qué malo! —se entromete Auri, molesta por el comentario de Johan—. Él va a ser famoso, pero de mí nadie se acuerda. Hasta mis padres se olvidaron de mí. ¡Yo también quiero ser famosa!

—¡Cállate Aurora! Recuerda que tú no eres nadie. ¡Tú no existes! —grita con arrogancia y autoridad Johan, aunque sin desaparecer su rostro de inmensa serenidad y calma, como si lo dijese de broma.

—¡Malo! —le reprende ella a Johan, aunque no estaba muy claro, si estaba enfadada de verdad, o sólo lo pretendía.

—Bueno, y este niño morenito tan guapo… —Johan se dirige al niño arrullándole sobre las mejillas—. ¿Cómo te llamas? —Pero el pequeño sigue sin decir nada y agacha la cabeza, desconsolado.

En su mente aún resuenan los membretes de su padre malvado: ‘Comemierda’, ‘Poyaboba’, ‘Maricón’, ‘Machango’, ‘Desperdicio’… tan repetidos a diario que el niño había olvidado su verdadero nombre.

—¿Tú no quieres ser famoso? —le pregunta Auri, acercándosele mucho, haciendo amago de abrazarlo.

El niño gira la cabeza, en signo de negación.

—“No, no quiero que me conozcan” … —musita el pequeño sin que puedan escucharle.

—Vaya, pues entonces serás otro don-nadie, igual que Auri —testifica Johan con sarcasmo—. ¡Es mi día de suerte!

—¡Malo! Él no va a ser un don-nadie —replica Auri.

—¿Ah no? —cuestiona Johan a la pitusa por rebatirle.

—¡No! ¡Él va a ser mi novio! ¡Yo le voy a hacer sentirse muy especial! ¡Porque yo lo voy a querer un montón! ¡Y entonces él va a ser más famoso que tú!

—¿Más famoso que yo? —Johan se enardece al escucharla, aunque su sonrisa sigue siendo imperturbable, como si todo fuese una discusión de broma—. ¡Traidora! ¡Tú ibas a ser mi novia!

—¡Yo no quiero ser tu novia! ¡Tú no me gustas! Eres malo.

—¡Maldita traidora! —contesta Johan—. Pues vamos a hacer una cosa. Vamos a jugar un juego, y este niño y yo vamos a competir. Y el que gane será tu novio, para siempre.

—¡Vale pues prepárate a perder porque él te va a ganar! ¡Todo el mundo lo va a querer a él! ¡Porque él es especial!

—¡Soy mal perdedor ‘Doña Nadie’! —Auri le saca la lengua en señal de burla y desafío, algo que irrita al egocéntrico Johan hasta un nivel que va más allá de la simple iniquidad—. Muy bien, ¡empecemos el juego!

—Espera Johan. ¿A qué vamos a jugar? —cuestiona Auri antes de empezar.

—Pues… Vamos a jugar a un juego llamado… “Entropía”. ¡Vamos a usar el poder de nuestra imaginación para transportarnos a un mundo de fantasía, donde todos los sueños se vuelven reales! Ese mundo es Entropía.

—¡Que guay! ¡Yo quiero ser la princesa de Entropía! ¿Y tú? —pregunta Aurora al pequeño, hendiendo sus ojos con una gran sonrisa.

El niño, ilusionado por fin, piensa en lo que le gustaría ser en ese fantasioso juego. Se debate rápidamente entre dos tipos de héroes, un gran maestro ermitaño legendario y misterioso cual representa todos los ideales del bien, con una gran capa roja y poderes inigualables e invencible en todos los aspectos, o un aprendiz valiente y humilde entrenado por el primero que se pone una armadura celestial… ‘y que es capaz de llegar a reunir todos los poderes del universo, manejando un súper-robot gigante que a su vez se mete en otro no sé, en otro súper-robot que tiene una armadura divina con alas y… y que es más grande que todo el universo y’... pero era demasiado complicado imaginárselo. Él era demasiado realista y derrotista. Él jamás podría ser algo así, ni tan siquiera en sus sueños.

—No lo sé… —respondía desganado.

—¡Tú serás un ángel! —exclamó Auri, extendiendo los brazos, emulando las alas de éste, las mismas que por un segundo se había imaginado, palabras que calaron hondo en la mente del pequeñajo—. ¡Sólo necesitas ser bueno de corazón! ¿Lo habías olvidado? ¡Tú serás el más bueno de todos los ángeles! ¡El que seguirá el Camino del Digno y Valiente! ¡Te convertirás en el mejor y más fuerte y serás mi ángel guardián! —dice guiñándole el ojo, cosa que desata aún más los celos de Johan.

 

—¿Ah sí? Pues yo seré… un ser malvado, muy malvado —enuncia entonces Johan para aterrarlos, rasgando los cabellos de la chica, pretendiendo ser un tenebroso monstruo, provocando y enardeciendo al pequeño y cobarde niño, el supuesto protector de la Princesa de Entropía—. Seré un mago oscuro todopoderoso. Te secuestraré y haré contigo un sacrificio diabólico… —susurra al oído de Aurora con voz aguda y diabólica de teatro—. “¡Y te mataré y te descuartizaré muchas, muchas veces!” Wuajajaja.

—¡Qué malo! —La muchacha se aferra tras el niño llorón, fingiendo tener miedo, abrazándolo con fuerza para infundirle valor y animarlo para defenderla, colocando un palo en su mano como si fuese una espada—. ¡Entonces mi ángel guardián vendrá a ayudarme y te castigará con su sable justiciero! ¡Malo! ¡Él te enseñará a respetarnos!

—Síii… pero yo soy ‘muy’ malvado... —profiere Johan ahora con vil oscurantismo, volteando los párpados de sus ojos, como si estuviese siendo poseído—. “Sembraré muchas trampas y corromperé a tu ángel hasta convertirle en un monstruo” ... ¡Le engañaré y haré que sea él mismo quien me entregue tu corazón!

—Uy… ¡pero qué malo eres! —exclama Aurora escenificando que su amado ángel le arranca el alma—. ¡Pero entonces él se dará cuenta de su error! ¡Y yo le haré invencible para derrotarte y salvar el Reino de Entropía, entregándole el poder de mi amor en el último suspiro de mi vida!

—Mm… ¿el poder de tu amor? ¿En serio? —se burla Johan del fantasioso poder de la princesa de Entropía, rompiendo a carcajadas, cosa a la que Aurora responde sacándole la lengua nuevamente—. Bien, es hora de empezar el juego —informa con fruición Johan finalmente, frotándose las manos—. Oh no, esperen… ¡Antes haremos el pacto de la amistad!

 

Johan reparte unas gominolas que tenía guardadas en un bolsillo para sellar su amistad antes de empezar el juego. Los niños, siendo niños, no dudan en deglutirlas. Pero Johan, siendo mal perdedor como advirtió, ha sembrado una terrible trampa.

El niño tembloroso y lloroso empieza a echar espuma por la boca. Siente como si su cabeza le diera miles de vueltas, extendiendo su conciencia más allá de su cuerpo. Pierde el conocimiento a ráfagas, entremezclando la realidad con la alucinación.

—¡Maldita traidora! —escucha exclamar a Johan una y otra vez sin ser capaz de ver con claridad lo que hace. Parece agitarse con violencia sobre la pequeña Auri, quien no hace ningún sonido, ningún ruido… Todo está demasiado borroso y confuso para entender lo que está pasando. “¿Qué ha pasado? ¿Por qué no se mueve Auri? ¿Está dormida?”—. ¡Eres nadie! ¡No existes! ¿Lo entiendes ahora?

Johan, sudoroso, apestando a un olor que a su edad un niño solo puede asemejar con la maldad, se acerca al mocoso, anestesiado por la droga suministrada, acariciándolo por su largo pelo castaño. Le susurra nuevamente al oído:

—Te dije que iba a ser famoso, ¿verdad? Ahora, vamos a jugar tú y yo. Porque eres… ‘especial’. Eres tan bonito y lindo, que pareces también una niña… una niña llorica… ¡Jamás serás un hombre!

El niño… bueno. Como explicarlo. Experimentó físicamente lo que solo podría exponer como un juego sucio y macabro de sadismo. Pero su mente, era otra cosa. Para cuando Johan inició su repugnante acto, la conciencia del pequeño estaba en otro lugar, como si alguien lo hubiese sacado de ahí, de su cuerpo. Un ser que sólo se puede describir con una palabra: “increíble” … tan increíble como el maestro legendario que se imaginó hace unos instantes, en un lugar tan igualmente increíble, ‘Entropía’, que se habrá de describir en otra historia cómo ocurrió.

 

Y lo increíble es que ya no sentía dolor, ni miedo, ni nada… Estaba en Entropía. Estaba fuera de su cuerpo, en una realidad distorsionada, con colores más vivos y nítidos. Y a su lado estaba el personaje legendario de su trastornada fantasía, un ser enmascarado de capa roja y emblemas dorados como el ave fénix, un personaje enigmático y misterioso quien le hablaba en sus pensamientos:

—“No temas…” —decía infundiéndole valor.

Y el niño podía verlo todo, verse a sí mismo, ver todo lo que Johan hacía con su cuerpo, pero no podía entender nada.

El fantasioso personaje de su imaginación le adoctrinaba mientras se desvanecía:

—“Sé fuerte… Hoy el mal te eligió como su enemigo”.

Y su maestro imaginario desaparecía como lo que era, una salvadora alucinación que sembró en él ‘el coraje’ para sobrevivir a este día y los venideros…

Johan se abrochaba los pantalones tras finalizar su delirio, pero todavía le faltaba rematar su improvisada obra de demencia. Acaricia los suaves cabellos del niño violado y apaleado. Lo abraza con fuerza hasta asfixiarlo y le besa en el cuello.

—“No dirás nada, ¿verdad? —susurra el diabólico Johan—. No puedo permitir que me arrebates la fama… No… no dirás nada. Yo me aseguraré” …

El sádico Johan, quien parecía poseído por su diabólico personaje, sacó un ‘cutter’ de su bolsillo, un cuchillo de esos que son para cortar papel y cartón, como los que usan a menudo en los colegios, y apuñaló al niño en su espalda, a la altura del páncreas, a través de sus ropas, aunque, con la falta de tenacidad de un asesino experimentado. El pequeño quedó inerte en ese instante, profundamente conmocionado, pero sólo aparentando estar muerto, siguiendo el más primario de sus instintos, sobrevivir.

 

«Quédate quieto, muy quieto…», escuchaba en su cabeza.

—Sabes qué, puedes quedártela. Ya no me importa esa puta traidora. Sois unos don-nadie los dos… ¡sólo sois basura! —le espetaba el malvado Johan escupiéndole a la cara—. ¿Crees en los ángeles? ¡Aquí no los encontrarás!

Johan enterró rápidamente los cuerpos de los menores en una pequeña fosa de la obra, cubriéndola de palos, tierra y piedras. Y se fue, orgulloso de haber ‘ganado’.

Pero ahí, bajo tierra, todavía no había terminado el desafío. Ambos pequeños están fundidos en un abrazo angelical, con sus polvorientos labios acurrucados, anexionados tan cerca de uno y otro, que parecieran estar fusionados en un beso eterno.

El niño, enterrado junto a Auri, recupera el conocimiento levemente, tan solo para padecer la agonía de respirar polvo y cemento en esta tumba. Y, sin embargo, era feliz. Feliz de verdad por primera vez, una felicidad tímida sin risa ni jolgorio, una felicidad de regocijo por fenecer junto a esa princesa que no pudo proteger, en ese abrazo inmortal. Y era tan feliz que nada le importaba, no tenía miedo después de haber sido tan cobarde e impotente. Tan afortunado y miserable al mismo tiempo de estar ahí. Solo quería… atildar sus labios con los de ella como último recuerdo. Quedarse los dos juntos en Entropía, para siempre. Tan tierna inocencia.

Pero la muchacha tampoco había fallecido aún. Como si hubiese escuchado sus más profundos y puros deseos, como si compartiesen un sentimiento que va más allá del entendimiento carnal, ella lo abrazó con fuerza ahí, en la tumba polvorienta que compartían, y aderezó sus labios con fuerza también contra los suyos.

El niño se exaltó, se emocionó tanto… ¡que brotó fuera de la tierra! Como si al besarlo le hubiese insuflado una energía maravillosa, como… si le hubiese devuelto a la vida, como un fénix. Y todo su cuerpo quemaba, como si estuviese en llamas, como si tuviese fuego en el corazón… El niño respiraba aire fresco de nuevo, aire que también quemaba. Bajó su mirada con una sublime sonrisa en busca de cruzar por fin su mirada con el de este maravilloso ángel que lo resucitó… su amada princesa Aurora, pero…

 

Sus ojos estaban blancos… Su cuello degollado… todo estaba sucio, rojo… y marrón… sangre mezclada con arcilla, polvo… cemento y barro. Y él, solo tenía cuatro años. No entendía.

 

Pero hubo algo en su cabeza, que le dijo que la tapase de nuevo con la tierra, que la cubriese con delicadeza y cariño, y que todo estaría bien. La enterró de nuevo sin entender por qué. Y puso piedras sobre ella. Y observó las piedras largo rato. Quería que las piedras fuesen más bonitas. Quería que brillasen y reflejasen el sol. Quería que estuviesen perfectas, para que cuando ella despertase de nuevo las viese y le dijese lo bien que le quedaron, para agradecerle por el detalle.

Pero ella no salía de allí… y algo le decía al niño que debía irse, regresar a esa casa donde su padre ya no parece tan malo. Porque su padre podía ser violento, pero el monstruo, el de verdad, era Johan.

Se limpió como pudo y regresó magullado a su casa, donde la madre lo reprendió y le gritó qué diablos le había pasado. Pero tampoco respondió. Sólo tenía cuatro años. Demasiadas cosas que no entendía para contarle a alguien con quien no quería hablar porque… a fin de cuentas, sus padres nunca querían escuchar sus llantos. Le preguntó si ‘fue jugando’ y respondió que ‘sí’…

No sentía dolor por las heridas, ni por los golpes ni por el profundo estigma en el dorso de su espalda, casi seco ya, cubierto en su interior por polvo y pequeñas piedras que jamás infectaron en la incisión, más que algún que otro escozor en los bronquios y mal de estómago. Lleno de moratones, pero aquella cisura había llegado hasta uno de sus órganos más vitales, hasta lo más profundo de su indolente ‘corazón’. No recibió asistencia médica ni consolaciones, sólo se limpió. La cicatriz quedó.

Pasó la noche sin dejar de pensar en ella, en Auri. No dejó de pensar en ella ni un instante. Sus avatares personales no le importaban. Volvió al día siguiente, ¡quería verla! ¡Despertarla con un beso! ¡Preguntarle si estaba bien! ¡Quería decirle su nombre! Incluso, ¡pedirle que fuesen novios! Tanta inocencia… en un mundo gobernado por la crueldad.

Pero… las piedras que puso no estaban allí. Buscó y buscó. Excavó y excavó por todos lados. No encontraba el lugar donde estaba enterrada Auri.

«¡Oh! Ella se fue a casa también» … —pensó el niño—. «Cuando sea mayor, la buscaré… ¡y le pediré que se case conmigo!» —se prometió el ingenuo, imaginándose lo feliz que sería junto a ella… junto a la princesa de Entropía.

Y pasaron los años. El niño se hizo hombre, sin dejar de pensar ni un día en esa chica misteriosa y angelical. Entendió con el tiempo lo que había pasado, desarrollando una resiliencia fuera de lo normal. La buscó, buscó sobre ella, desde las estrellas hasta la eternidad, pero era como si ella nunca hubiese existido. Nada sobre ella, Auri, o Aurora, ¿no era real? Nadie la echaba de menos salvo él.

Quizás por eso, se guardó el secreto.

Llegó a pensar que todo fue un sueño, que Johan tampoco era real, al igual que el misterioso personaje de sus fantasiosas alucinaciones, pero la cicatriz… le recordaba lo contrario.

Cada día experimentaba insufribles arcadas, provocadas por la extenuada inhalación de polvo bajo los escombros aquel día que conoció al demonio. Cada día experimentaba la misma sensación de agonía. Agonía que rozaba la desesperación cuando enfermaba o soñaba con ella, como si pudiese sentir su garganta siendo seccionada también, como si experimentase lo que debió sentir Aurora aquel día… como una maldición que lo perseguía.

—“Eh, tú de la mirada triste, nunca pierdas el coraje” … —La reminiscencia de la muchacha nórdica aparecía en sus sueños más profundos y esotéricos, revolucionando sus latidos hasta la conmoción del insomnio y la paranoia.

Y a veces escuchaba también en las noticias historias de niños desaparecidos… muchas veces cercanos. Entonces el fuego parecía quemar su pecho. El corte de su espalda escocía. Su garganta se atrofiaba mientras sentía el despertar de algo en su mirada… un profundo deseo de vindicta que moría en la impotencia de su conducta perdedora y domesticada. ¡Tanta frustración guardada!

Los remordimientos y la locura se fueron acrecentando, a veces tanto que quiso desaparecer, pero la imagen de aquel beso místico le hicieron seguir luchando por la vida... y seguir creyendo en el Bien. Intentó enamorarse, olvidar el pasado, perdonarse a sí mismo, despertar el mismo amor en otros corazones… pero sólo despertó el rechazo y un odio inexplicable junto a otros sentimientos que lo desolaron. Escondió su miseria tras la máscara de una sonrisa tenue y perturbadora. Rehusó a muchas cosas en su vida. Abandonó sus sueños. Solo conoció el fracaso. Y ese sentimiento tan puro de esperanza y amor eterno, se convirtió en un infinito sentimiento de culpabilidad… y deseo de venganza. Se escondió en las tinieblas de su alma, abrazando la más tenebrosa de las promesas. Y todavía, hoy día…. —“Te sigo buscando” …

…Y así es, cómo ese chico decidió escribir este cuento fantasioso sobrecargado de sentimientos y pesadillas.

 

 

 

 

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